La ironía

El reloj marca una nueva hora y suenan las campanadas del reloj. La hora de la verdad. La hora en la que a nadie le gusta pensar y por eso van a dónde tengan que ir para emborracharse o hacer cualquier estupidez que los haga olvidar. A nadie le gusta estar solo y pensar. Y pensar. Y pensar. En tantas cosas importantes: como graduarse de la universidad, encontrar un trabajo decente, buscar un esposo o esposa, formar una hermosa familia sin problemas y sin obstáculos, comportarse como gente de sociedad. TODOS lo exigen, y TODOS lo rechazan. Por que en realidad sabemos que no es eso lo que nos brinda felicidad, no es un reconocimiento lo que nos dá el premio más cotizado y menos otorgado. No es seguir las reglas (muy bien conocidas y muy bien establecidas) lo que propone la felicidad.

Para ser felices hay que RETAR, y DESAFIAR, y SALIR de una celda de la que TODOS somos prisioneros. Pero ¡hay de aquel que salga! Porque todos buscamos ser felices y al momento de retar los estándares y las normas sociales (que con tanto valor y durante tanto tiempo te animaste y te alentaste a romper) eres el “patito feo”. ¡Eres el centro de atención, eres un fenómeno social! Quién eres? Todos queremos que seas “tu mismo” y que rompas las reglas. Pero a la hora de romperlas, eres un desconocido, todos te dan los ojos y a la vez la espalda. Porque no eres más que un marginado. Como humanos buscamos ser felices y nos alentamos unos a otros a buscar lo que nos haga ser felices, pero en cuanto uno lo encuentra, los millones corren a condenarlo.

Que generoso y que egoísta es el ser humano, que comparte y quita, que aplaude y juzga. Sin ni siquiera empatizar por miedo a no encontrar lo mismo que su hermano y lo excusa con reglas de sociedad sin ver que su hermano cumplió el sueño comunitario que no todos lograron alcanzar.