Hoy es un buen día para morir

Sirvo el café, negro, como solías tomarlo. Sin leche, sin azúcar. Y es justo así, como solías tomar los problemas de la vida, sin disfrazarlos, ni cambiarlos, ni justificarlos. Simplemente los tomabas como venían. Decido que ya es hora de hablarte para decirte que te extraño y todas esas cursilerías que llevo tanto tiempo escribiendo y rompiendo con la esperanza de callar esa voz interior. Duramos lo que tuvimos que haber durado, pero no logro aceptar que este es el fin de lo nuestro. Un matrimonio de diez años, mas 2 de noviazgo no pueden terminar con un simple “No eres tu soy yo, estoy harta de ya no sentir”. Y es así cuando después de poner la mesa para dos e ir al supermercado a comprar una botella de tu vino favorito y comprar las flores que por 12 años me mandabas cada primero de mes, marco el numero de teléfono que llevo casi dos décadas de saber de memoria. Marco, la contestadora. Espero dos horas, la misma contestadora. Vuelvo a marcar dos horas después y se repite la escena. Me parece un tanto irónico y un tanto injusto que el destino juegue conmigo así. Llevo años de tener el alma rota sin saber que hacer conmigo, tragando el amargo sabor del orgullo a diario, sin poder vivir después de haber tomado esa decisión. Sin nada mejor que hacer, abro el periódico y leo la portada: “Hombre de 45 años muere en accidente automovilístico trágico.” Típica noticia, con un aire diferente. No era cualquier hombre, eras tú. Y justo hoy fue que el destino decidió por tí que era un buen día para morir. Dicen que en el asiento del pasajero traías mas de doscientas cartas “Para el amor de mi vida, Irina” y un ramo de esas mismas rosas que por 12 años me mandabas cada primero de mes. Dos días después de no moverme ahogada en mi lago de lágrimas tocan a mi puerta, para entregarme esas mismas cartas y ese ramo de flores, solo que con el mensajero incorrecto. Ese debías de ser tú y no el comisario de la policía. Es justo hoy cuando aprendí que mi madre tenía razón al decir que hay que dejar las cosas que puedes hacer hoy para mañana porque nunca sabes cuando pueda ser un buen día para morir.

 

21 dias.

Dia 1 –> 9 de noviembre.

Un espresso rojo

Corazón roto

Tiemblo y pienso

Gritos en el teléfono

Escucho lo que no me importa

Mantengo mi mente ocupada

Dragones y tigres

Concreto

Tortilla española

Carros que pasan

Y el reloj que anuncia las 4:00.


 

 

Bandera negra

En medio de la confusión, ahí estoy yo.

Sentada e inmóvil. Por lo general me considero una persona más activa que pasiva pero hoy decidí no mover ni un dedo. Estoy en el centro de una casa en llamas, dónde el techo me amenaza con caer sobre mí y yo solo me siento con mi café y observo como todo lo que algún día pensé tener perfectamente planeado se iba consumiendo. Entre la turbulencia y el ruido y el desastre que es estar confundida, me siento y no me agito, ni grito, ni lloro, simplemente observo.

Y pase lo que pase, en medio de toda esta confusión,  sé que quedo yo.

 

 

//A

Ella

Con cada día que pasaba, todas sus virtudes y cualidades se enfatizaban. Sus ojos cafés brillaban cada día más y su sonrisa ladeada me generaba más calor. Su risa se volvía más armónica y su manera de desplazarse aún mas rítmica. No había nada en ella que no me volviera completa e irracionalmente loco. Su ser brillaba y yo estaba ahí para deslumbrarme por su luz.

Llegó un día en que sus palabras se volvieron mi alimento, y su cuerpo mi vicio. Teníamos un amor tan profundo que me consumía; una atracción tan fuerte que me hacía vibrar. Vivíamos el uno del otro y nuestras existencias estaban sujetadas con el mismo hilo. Era uno de esos momentos en tu vida que no puedes pedir nada más porque sería pecar de soberbia. No se me ocurría una manera en la que mi vida pudiera ser más perfecta. Con ella a mi lado nada me podía faltar. Eramos ella y yo contra el mundo. Y eso me llenaba cada rincón del alma.

 

//A