El Sueño Mexicano

Caminaba por las calles y veía a una niña de unos cinco años pidiendo una moneda para poder comprar una coca-cola. No pude resistirme a su pequeña carita llena de inocencia, suplicándome con sus ojos que le concediera ese deseo como un hada madrina. Metí la mano a mi bolsillo y encontré dos monedas de 10 pesos cada una y se las dí. Al dárselas ví como se iluminaban sus ojos y me sentí feliz.

– Cómprate la soda y el dulce que mas te gusten.

– Muchas gracias señorita.

Me enterneció tanto verla sonreír con su moneda que por poco se me sale una lágrima. Me dolió el corazón al pensar que esa niña tenía que estar en las calles pidiendo limosna para ganarse el pan de cada día cuando debería de estar estudiando o jugando o haciendo cualquier cosa que los niños de cinco años hacen.

Seguí mi camino hacia el restaurante a donde iba. Un restaurante mexicano gourmet en el cual ciertamente no iba a gastarme dos monedas de 10 pesos cada una. Me reuní con unos amigos que tenía mucho tiempo sin ver. Al entrar una joven muy bien vestida me acompaño hasta la mesa donde 2 parejas ya estaban esperándome. Era una mesa redonda con sillas modernas y platos con figurines diferentes.

A pesar del entusiasmo que teníamos de haber pasado casi un año sin vernos, al momento de la comida nos ganó el hambre y el único ruido que se escuchaba en nuestra mesa era el de los platos siendo devorados y los tenedores recogiendo la comida y llevándola a la boca de cada uno de los que nos deleitábamos con tan deliciosos platillos. En el silencio, no pude evitar escuchar la conversación de las niñas de alado. Tendrían tal vez unos 23 años. Estaban planeando un viaje a Monaco, St. Tropez y la costa del sur de Francia. En dos días. Escuchaba que una de ellas se quejaba porque no encontraban hoteles de mas de cuatro estrellas para poder quedarse las 10 amigas que serían las privilegiadas de hacer ese viaje. De pronto una de ellas tomó su celular con toda seguridad y empezó a gritarle a su papa llorándole – casi ordenándole – que por favor hiciera algo para que pudiera tener su fin de semana con sus amigas en la costa del sur de Francia – en dos días.

Me parecía un tanto absurdo y un tanto repugnante la manera en la que esa niña hablaba con su papá. Como si fuera su deber conseguirle ese hotel. Y la ví colgar satisfecha sabiendo que había conseguido lo que quería. Después me quedé pensando en cuanto podría costar un boleto de avión a Europa para dos días después. Deje de comer y a pesar de estar en el mismo lugar que unos segundos antes, mi mente se fue volando hacia la única imagen que mi cerebro podía concebir; la imagen de la niñita de cinco años pidiéndome la moneda de 10 pesos para sobrevivir ese día.

Y fue en ese momento – por primera vez en mi vida- que me dí cuenta que muchos de nosotros vivíamos el auténtico “sueño mexicano”, más grave y más inalcanzable que el sueño americano.

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